Mi Margarita
Por Ana Sol Molina
El día se
mostraba fantástico para salir y dar un paseo por la ciudad. Había pasado un
tiempo desde que no lo hacía (por un pequeño momento vergonzoso que pasó), y sentía
que ya era el momento.
Las calles no estaban tan congestionadas
como él pensaba, y las personas parecían estar más calmas y pacientes respecto
a otros días. Con las manos en los bolsillos y los auriculares en sus oídos, se
dirigió a la pastelería más concurrida de la ciudad para comprar algo para
desayunar, y además, aprovechar para saludar a su querida tía, quien trabaja en
dicho lugar. Con cada paso que daba, el ritmo de la música lo envolvía cada vez
más, provocando que su cuerpo comenzara a moverse de a poco, al compás de las
notas; así fue hasta que finalmente llegó. Una vez dentro, fue directo a la caja.
–¿Estará mi tía? –pregunto con interés. La mujer
frente a él le sonrió.
–Por supuesto que sí, ya la busco –se retiró
y fue hacia la parte de atrás del local, donde realizan todas las cosas
deliciosas que hay. Con una mano limpiándose el rostro y la otra sobre el
delantal quitando los restos de harina, su tía salió con una gran sonrisa.
–¡Peter! Mi niño, hacia un tiempo no te veía
por aquí.
–Hola tía, estoy feliz de verte también –la
abrazó fuerte, sin importarle si se ensuciaba un poco con harina–. Digamos que
no he salido mucho desde… bueno, tú sabes… el pequeño incidente con…
–Si, lo recuerdo bien, no es necesario que
lo repitas querido. ¿Has venido a verme o a comprar también?
–Ambas –soltó un risa.
Como ya era de suponerse, su tía le preparó
una bolsa con galletas con chips de chocolate, diciéndole que son un regalo de
su parte. Le costó aceptarlo, pero finalmente cedió; se retiró de aquel lugar
con una gran sonrisa y retomó su camino por la ciudad.
Mientras iba caminando y cortando en partes
las galletas, se topó con una florería, la cual era una de las más nombradas
por el lugar. Miró al interior y divisó un ramo de margaritas, era precioso y
lo deseaba comprar, pero su timidez lo jugó en contra y se retiró. Aquel pensamiento
resurgió de su memoria, y no estaba para nada feliz. Siguió caminando cuando,
al frente de la otra vereda, la vio; estaba hermosa como siempre, y no podía evitar
posar su mirada en ella. «¿Y ahora qué hago? ¿me animo de una vez y le hablo?», pensaba el joven. En el momento en
que iba a cruzar, la muchacha lo distinguió de entre las personas que estaban a
su alrededor y lo saludó con la mano en alto, y él hizo lo mismo.
Decidido ya de hacer frente e ir a hablarle,
se dio cuenta que quedaría mal si no le llevaba algo como, por lo menos, un
pequeño presente. Regresó a la florería y compró aquel ramo de margaritas;
cuando salió, una gran sonrisa se plasmaba en su rostro. Ambas manos sostenían las
flores y buscó con la mirada a la muchacha, pero se le hacía difícil encontrarla.
Ella finalmente pudo cruzarse en su campo visual y al unísono sonrieron, no se
dejaban de mirar y eso provocaba que la química entre ambos comenzara a surgir
de a poco.
Con gran ánimo, el joven cruzó la estrecha
calle.

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